

CUANDO MUERA, NO TENGAN PIEDAD.
ENTIERRENME A GRAN PROFUNDIDAD EN SIMON CITY.
COLOQUEN DOS ESCOPETAS SOBRE MI PECHO.
Y DÍGANLE A LOS ROYALS QUE HICE CUANTO PUDE.
Recuerdo caminar con mi amigo de la infancia Kevin «Kid» Riley —teníamos diez años y recorríamos kilómetros y kilómetros cada día— y hablar de nuestros futuros hijos como dos niños que no tenían por qué pensar tan a largo plazo. Juramos que nuestros chicos también serían de los Simon City Royals. Recitábamos el poema que acabas de leer como si fuera una escritura sagrada.
Creíamos en esa mierda con todo el corazón.
Nos lo habíamos tragado todo.
Para la pandilla, la muerte no era una tragedia; era un honor.
Ahora, al mirar atrás, veo lo descabellado que suena; pero para unos niños como nosotros, tenía todo el sentido del mundo. Aquel mundo fue mi campo de entrenamiento. Me forjó. Moldeó los instintos que conservo hoy en día: la forma en que escaneo una habitación nada más entrar, la manera en que siempre me siento de cara a la puerta. La vigilancia constante. El estado de alerta.
Aquello fue lo que me convirtió en delincuente mucho antes de que yo entendiera lo que eso significaba.
PRÓXIMAMENTE...


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